Camilo Giraldo Giraldo

Periodista

Estamos olvidando lentamente, o nunca lo hemos aprendido,

el arte del diálogo. Entre los daños más analizados y teóricamente

más nocivos de la vida online están la dispersión de la atención,

el deterioro de la capacidad de escuchar y de la facultad de comprender

que llevan al empobrecimiento de la capacidad de dialogar

(Zigmunt Bauman)

Dialogar cara a cara, ayudándose con los gestos de las manos, del rostro, de los ojos y, en fin, de todo el cuerpo es el proceso original de la comunicación humana. Además, con algo tan único y misterioso y es que entre billones de personas no existen dos que se comuniquen de manera idéntica. En cada ser humano, su forma de caminar, de mirar y de hablar emiten un sello único de comunicación.

Sin embargo, esa manera de interacción natural, cara a cara y con gestos, viene en evolución: ahora, estamos en una época en la cual empezamos a trasladar nuestros actos de comunicación al mundo digital; de hecho, muchos ya tienen más vida en el mundo virtual que en el físico. Y así, hemos cambiado el paradigma de comunicación: las generaciones actuales crecen con la convicción de que el diálogo real, la interacción natural es la que ocurre a través de los artefactos y las redes y no el diálogo cara a cara, sin mediación tecnológica. Las próximas descendencias ni tendrán memoria de que las personas podían comunicar más con los gestos y los ojos que con las palabras.

Por el momento, afortunadamente, quienes habitamos este tiempo aún tenemos muchas interacciones con presencia física, cara a cara, sin artefactos de por medio; todavía nos quedan diálogos familiares y laborales que construyan y que nos afecten positivamente. Recordemos que, bien o mal, lo que hemos construido en el planeta, lo que cada uno es y tiene, se funda en lo que se ha hablado, escuchado y  comprendido. Y en ese proceso de comunicación, escuchar es el punto de quiebre; escuchar es la parte débil, ya que, por lo general, hablamos más de lo que escuchamos.

Escuchar, entonces, se convirtió en una habilidad que hay que aprender. Parece raro, pero actualmente se aconseja que las personas aprendamos a escuchar. Lo curioso es que en ningún nivel de la educación hay cursos que enseñen a escuchar como los hay para aprender a hablar, a leer y a escribir. Estudiosos serios dicen que escasean las personas que escuchen y serán menos a causa de esta época signada de tecnología, velocidad, competitividad… Al respecto, Byung-Chul Han en su libro La expulsión de lo distinto (2017) afirma que “En el futuro habrá posiblemente un profesión que se llamará oyente. A cambio de pago el oyente escuchará a otro atendiendo a lo que dice. Acudiremos al oyente porque, aparte de él, apenas quedará nadie más que nos escuche”.

Saber escuchar es pues una capacidad que se debe entrenar, porque no es lo mismo oír que escuchar. Oír es percibir sonidos –que incluso pueden ser muchos a la vez– en los cuales el cerebro no fija atención específica. Por ejemplo, si estamos en una plaza en la que además de mercaderes y compradores, hay animales en algarabía y música que sale de todos lados sería imposible escuchar todo, pero sí podemos oír todos los sonidos. Escuchar, en cambio, es fijar la atención y la intención. En síntesis, oímos mucho durante el día –y la vida– pero escuchamos menos; porque la escucha es un acto de atención y propósito, de enfocar los sentidos en la dirección del Otro o de lo otro; el oír es únicamente percibir sonidos.

 

Escuchar para comprender y sanar

Para escuchar se requiere atención y propósito; es decir, cuando se escucha se atiende a una situación o a alguien con intención de comprenderle. El oír no tiene intención de entender, mientras que para escuchar los sentidos se encauzan con esa intención. Y cuando se escucha se comprometen no sólo los oídos, puesto que las personas también podemos escuchar con los ojos; o deberíamos hacerlo.

Escuchar es pues apagar el diálogo interno para atender las palabras y los gestos del Otro. Es dejar de buscar que el Otro comprenda y más bien darse primero a la tarea de comprenderle. Escuchar es comprender. Así, las quejas aquellas: “mi hijo no me comprende”, “mi papá no comprende”, es que “mi jefe no me entiende” o “mis compañeros no me comprenden”, son asuntos que, generalmente, se resuelven aplicando lo que recomienda Stephen Covey en Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva (2003): “para ser comprendido, primero hay que comprender”, aunque esto ya lo había escrito Francisco de Asís: “Señor, que no busque ser comprendido sino comprender”.

Entender la importancia de escuchar y dedicar el tiempo para ello trae beneficios: evita situaciones conflictivas, malentendidos en familia, en los trámites cotidianos y en las organizaciones, en fin, en el mundo de la vida. Se trata sólo de detenerse a escuchar al Otro con intención y atención; y si no es el momento adecuado, quien sabe escuchar también tendrá la destreza para hacer entender al Otro que dialogar es un acto que requiere condiciones.

Además de un arte o habilidad, escuchar es un acto inteligente en el sentido que lo plantea Daniel Goleman en La inteligencia emocional (1995), para sacar provecho en las relaciones laborales, por ejemplo:

Aprender a escuchar y a hacer preguntas; distinguir entre lo que alguien hace o dice y sus propias reacciones o juicios al respecto; enviar mensajes desde el “yo” en lugar de hacerlo desde la censura. Este tipo de feedback debería transmitirse con toda la sutileza de una crítica eficaz que pudiera escucharse sin despertar las resistencias del receptor. Cuando los jefes y los compañeros hacen esto —o aprenden a hacerlo— de manera natural, los actos de prejuicio terminan desvaneciéndose”.

Entonces, cuando se escucha a una persona, ella se significa o resignifica. Se comprende más a sí misma. “Escuchar es lo único que hace que el otro hable… escucho para que el otro hable. El oyente es una caja de resonancia en la que el otro se libera hablando. Así escuchar puede tener para el otro, efectos salutíferos”, expresa Chul Han. Y agrega en forma tajante que “La escucha puede bastarse a sí misma para sanar”.

“Escuchar es un prestar, un dar, un don. Es lo único que le ayuda al otro a hablar”, expresa Byung-Chul Han. Escuchar es cesar los ruidos internos y acompañar al Otro; es comprender más y aumentar posibilidades de convivencia, cooperación y crecimiento personal y colectivo.

Y estoy de acuerdo con otro pensador que opina que, incluso en las ocasiones en que hablar genera pánico, resulta más fácil hablar que escuchar: «Se necesita coraje para pararse y hablar. Pero mucho más para sentarse y escuchar». Winston Churchill.

TOMADO DEL CORREO